Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Momentáneamente, Raskolnikof creyó ver que todo daba vueltas.
«¿Es posible que esté fingiendo? ¡No, no es posible!», se dijo, rechazando con todas sus fuerzas un pensamiento que ‑se daba perfecta cuenta de ello‑ amenazaba hacerle enloquecer de furor.
‑En aquellos momentos, yo no estaba bajo los efectos del delirio, procedÃa con plena conciencia de mis actos ‑exclamó, pendiente de las reacciones de Porfirio Petrovitch, en su deseo de descubrir sus intenciones‑. Conservaba toda mi razón, toda mi razón, ¿oye usted?
‑SÃ, lo oigo y lo comprendo. Ya lo dijo usted ayer, e insistió sobre este punto. Yo comprendo anticipadamente todo lo que usted puede decir. Óigame, Rodion Romanovitch, mi querido amigo: permÃtame hacerle una nueva observación. Si usted fuese el culpable o estuviese mezclado en este maldito asunto, ¿habrÃa dicho que conservaba plenamente la razón? Yo creo que, por el contrario, usted habrÃa afirmado, y se habrÃa aferrado a su afirmación, que usted no se daba cuenta de lo que hacÃa. ¿No tengo razón? DÃgame, ¿no la tengo?
El tono de la pregunta dejaba entrever una celada. Raskolnikof se recostó en el respaldo del sofá para apartarse de Porfirio, cuyo rostro se habÃa acercado al suyo, y le observó en silencio, con una mirada fija y llena de asombro.