Crimen y Castigo
Crimen y Castigo El aspecto de aquel hombre era impresionante. Miraba fijamente ante sà y parecÃa no ver a nadie. Sus ojos tenÃan un brillo de resolución. Sin embargo, su semblante estaba lÃvido como el del condenado a muerte al que llevan a viva fuerza al patÃbulo. Sus labios, sin color, temblaban ligeramente.
Era muy joven y vestÃa con la modestia de la gente del pueblo. Delgado, de talla media, cabello cortado al rape, rostro enjuto y finas facciones. El hombre al que acababa de rechazar entró inmediatamente tras él y le cogió por un hombro. Era un gendarme. Pero Nicolás consiguió desprenderse de él nuevamente.
Algunos curiosos se hacinaron en la puerta. Los más osados pugnaban por entrar. Todo esto habÃa ocurrido en menos tiempo del que se tarda en describirlo.
‑¡Fuera de aquÃ! ¡Espera a que te llamen! ¿Por qué lo han traÃdo? ‑exclamó el juez, sorprendido e irritado.
De pronto, Nicolás se arrodilló.
‑¿Qué haces? ‑exclamó Porfirio, asombrado.
‑¡Soy culpable! ¡He cometido un crimen! ¡Soy un asesino! ‑dijo Nicolás con voz jadeante pero enérgica.