Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof se desprendió del abrazo y la contempló con una triste sonrisa.
‑No lo comprendo, Sonia. Me abrazas y me besas después de lo que te acabo de confesar. No sabes lo que haces.
Ella no le escuchó. Gritó, enloquecida:
‑¡No hay en el mundo ningún hombre tan desgraciado como tú!
Y prorrumpió en sollozos.
Un sentimiento ya olvidado se apoderó del alma de Raskolnikof. No se pudo contener. Dos lágrimas brotaron de sus ojos y quedaron pendientes de sus pestañas.
‑¿No me abandonarás, Sonia? ‑preguntó, desesperado.
‑No, nunca, en ninguna parte. Te seguiré adonde vayas. ¡Señor, Señor! ¡Qué desgraciada soy… ! ¿Por qué no te habré conocido antes? ¿Por qué no has venido antes? ¡Dios mío!
‑Pero he venido.
‑¡Ahora… ! ¿Qué podemos hacer ahora? ¡Juntos, siempre juntos! ‑exclamó Sonia volviendo a abrazarle‑. ¡Te seguiré al presidio!
Raskolnikof no pudo disimular un gesto de indignación. Sus labios volvieron a sonreír como tantas veces habían sonreído, con una expresión de odio y altivez.