Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Sonia acudió a su pensamiento. Un airecillo fresco entraba por la ventana. Declinaba el día. Cogió su gorra y se marchó.

No se sentía con fuerzas para preocuparse por su salud, ni experimentaba el menor deseo de pensar en ella. Pero aquella angustia continua, aquellos terrores, forzosamente tenían que producir algún efecto en él, y si la fiebre no le había abatido ya era precisamente porque aquella tensión de ánimo, aquella inquietud continua, le sostenían y le infundían una falsa animación.

Erraba sin rumbo fijo. El sol se ponía. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikof experimentaba una angustia completamente nueva, no aguda ni demasiado penosa, pero continua e invariable. Presentía largos y mortales años colmados de esta fría y espantosa ansiedad. Generalmente era al atardecer cuando tales sensaciones cobraban una intensidad obsesionante.

Con estos estúpidos trastornos provocados por una puesta de sol ‑se dijo malhumorado‑ es imposible no cometer alguna tontería. Uno se siente capaz de ir a confesárselo todo no sólo a Sonia, sino a Dunia.»

Oyó que le llamaban y se volvió. Era Lebeziatnikof, que corría hacia él.


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