Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Un leve rubor apareció en las mejillas de Dunia.
‑¿Por qué lo dices? ‑preguntó, tras unos momentos de espera.
‑Es un hombre activo, trabajador, honrado y capaz de sentir un amor verdadero… Adiós, Dunia.
La joven habÃa enrojecido vivamente. Después su semblante cobró una expresión de inquietud.
‑¿Es que nos dejas para siempre, Rodia? Me has hablado como quien hace testamento.
‑Adiós, Dunia.
Se apartó de ella y se fue a la ventana. Dunia esperó un momento, lo miró con un gesto de intranquilidad y se marchó llena de turbación.
Sin embargo, Rodia no sentÃa la indiferencia que parecÃa demostrar a su hermana. Durante un momento, al final de la conversación, incluso habÃa deseado ardientemente estrecharla en sus brazos, decirle asà adiós y contárselo todo. No obstante, ni siquiera se habÃa atrevido a darle la mano.
«Más adelante, al recordar mis besos, podrÃa estremecerse y decir que se los habÃa robado.»
Y se preguntó un momento después:
«Además, ¿tendrÃa la entereza de ánimo necesaria para soportar semejante confesión? No, no la soportarÃa; las mujeres como ella no son capaces de afrontar estas cosas.»