Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Yo creo que lo mejor que podemos hacer es ser francos ‑continuó Porfirio Petrovitch, volviendo un poco la cabeza y bajando la vista, como si temiera turbar a su antigua vÃctima y quisiera demostrarle su desdén por los procedimientos y las celadas que habÃa utilizado‑. Estas sospechas, estas escenas, no deben repetirse. Si no hubiera sido por Mikolka, que llegó y puso fin a aquella escena, no sé cómo habrÃan terminado las cosas. Ese maldito papanatas estaba escondido detrás del tabique. Ya lo sabe usted, ¿verdad? Me enteré de que habÃa venido a su casa inmediatamente después de aquella escena. Pero usted se equivocó en sus suposiciones. Yo no mandé a buscar a nadie aquel dÃa y no habÃa tomado medida alguna. Usted se preguntará por qué razón no lo hice. Pues… no sé cómo explicárselo. Me limité a citar a los porteros, a los que usted vio al pasar. Una idea, rápida como un relámpago, habÃa acudido a mi imaginación. Yo estaba demasiado seguro de mà mismo, Rodion Romanovitch, y me decÃa que si lograba apresar un hecho, aunque fuera renunciando a todo lo demás, obtendrÃa el resultado que deseaba.