Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Pues ni yo mismo lo sé… Ya ve usted en qué miserable taberna paso los días. Aquí estoy muy a gusto, y, aunque no lo estuviera, en alguna parte hay que pasar el tiempo… ¡Esa pobre Katia… ! ¿La ha visto usted… ? Si al menos fuera un glotón o un gastrónomo… Pero no: eso es todo lo que puedo comer ‑y señalaba una mesita que había en un rincón, donde se veía un plato de hojalata con los restos de un mísero bistec‑. A propósito, ¿ha comido usted? Yo he dado un bocado sin apetito. Vino no bebo: sólo champán, y nunca más de un vaso en toda una noche, lo que es suficiente para que me duela la cabeza. Si hoy he pedido una botella es porque necesito animarme: tengo que verme con una persona para tratar de ciertos asuntos, y quiero aparecer vehemente y resuelto. Por lo tanto, usted me encuentra de un humor especial. Si hace un momento he intentado esconderme como un colegial ha sido por terror a que su visita me impidiera atender al asunto de que le he hablado. Sin embargo ‑consultó su reloj‑, tenemos aún un buen rato para hablar, pues no son más que las cuatro y media… Créame que en ciertos momentos siento no ser nada, nada absolutamente: ni propietario, ni padre de familia, ni ulano, ni fotógrafo, ni periodista. A veces resulta enojoso no tener ninguna profesión. Le aseguro que esperaba oír de su boca algo nuevo.

‑Pero ¿quién es usted? ¿Y por qué ha venido a Petersburgo?


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