Diario de un escritor
Diario de un escritor La noche del 28 de enero, después de una nueva hemorragia, el escritor pidió a su esposa que fuera a buscar el Nuevo Testamento. Era el mismo ejemplar, ya viejo y desgastado, que muchos años antes había recibido de manos de las mujeres de los decembristas, camino de Siberia. Según el testimonio de su hija, «Dostoyevski no quiso separarse nunca de su viejo Evangelio del presidio, de ese amigo fiel que le había consolado durante el periodo más triste de su vida. Lo llevaba en sus viajes, lo guardaba en un cajón de su escritorio, al alcance de la mano. Mi padre adquirió la costumbre de consultarlo en los momentos importantes de la vida. Abría el Evangelio al azar, leía las primeras líneas que le venían a los ojos y las consideraba una respuesta a sus dudas». Lo mismo hizo en esa ocasión crítica: abrió el libro al azar y leyó un pasaje del Evangelio según san Mateo que acabó de convencerle de que su muerte era inminente e inevitable. Por la tarde de ese mismo día el pulso del escritor fue debilitándose cada vez más y a las 8:38 de la noche su corazón dejó de latir.
