El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov Profundo abatimiento apoderóse de mà al reconocer que ni siquiera era capaz de esconder las cosas; otra vez me entró escalofrÃo. Largo tiempo, varias horas, me estuvo persiguiendo la idea de salir de casa y arrojarlo todo por ahà fuera; pero, no obstante, continuaba tendido.
¿Cuándo tuve la fuerza de voluntad necesaria para volverme a cubrir con el abrigo? No lo sé. Sea como fuere, me desperté muy entrada ya la mañana y oà que llamaban recio a mi puerta. ParecÃa exactamente como si quisieran echarla abajo. A todo esto, sentÃa yo medio inconsciente, torturado por angustiosas pesadillas, cómo el cuerpo me ardÃa en fiebre. Llamaban cada vez más recio. Me incorporé.
—¡Vamos, levántate! ¿Vives todavÃa o te has muerto? ¡No haces más que dormir! —gritó Nastasia—. ¡Te pasas el dÃa durmiendo como un perro que no tiene nada que hacer!
—¡Pero si quizá no esté en casa! —opinó el portero.
—¡Diablo! ¿Qué querrá el portero? Me levanté rápidamente.
—Pero ¿quién sino él pudo haberle echado el pestillo a la puerta? Para que vea usted, ahora se encierra y tiene miedo de que le puedan raptar. Pero abre, levántate.