El diario de Raskolnikov

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¿Había aún algo comprometedor? Quedéme rígido, mirándolo todo, y me esforcé por reconcentrar todos mis sentidos. El temor me torturaba, podía suceder que estuviesen mis ropas manchadas de sangre; quizá aquello de que no se veían huellas fuese alucinación mía. Tan fuera de mí estaba y tan incapaz de todo pensamiento, que no podía descubrir nada. Estaba, evidentemente, a punto de perder el juicio. De pronto, vi a mis pies, en el suelo, los bordes recortados de mis pantalones. ¡Señor, Dios! ¿Cómo era posible que los hubiese tirado allí de aquel modo? ¿Dónde debía esconderlos? ¿Debajo de la cama? ¡Imposible! ¿En la estufa? ¡Pero si allí sería donde primero registrasen! En aquel momento daba un rayo de sol en mi zapato del pie izquierdo. Fijé en él la vista y noté algunas gotitas de sangre en el calcetín, que el calzado, roto, dejaba ver. Rápidamente me quité el zapato. ¡De seguro, son gotas de sangre! De fijo me habré manchado también el zapato al andar sobre la sangre. Me puse en seguida a repasar los dos zapatos, pero no noté nada. ¿Qué debía yo hacer ahora? ¿Cómo podía borrar las manchas de sangre? ¿Lavándolas? No, era mucho mejor salir a la calle y arrojar la prenda en algún sitio.

—Sí, eso es lo mejor —pensé, y volví a dejarme caer en el diván.


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