El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov No podía notar nada, porque aquel rincón quedaba muy en la sombra; pero, a pesar de todo, no me pareció bien elegido aquel sitio. A pesar de que la cabeza me daba vueltas, lo comprendía así perfectamente. Por lo demás, no había yo contado con que pudiera sacar de allí objetos de valor; yo sólo había pensado en el dinero, que habría sido fácil ocultar. Pero podía, no obstante, hacer una cosa: buscar al día siguiente un escondrijo seguro.
Rendido, volví a tenderme en el diván, y otra vez me acometió un escalofrío. Maquinalmente, tiré de mi raído abrigo de invierno, que estaba encima de una silla, y me cubrí con él. Luego caí en un sueño salteado de inquietas fantasías febriles.
De repente me incorporé, cual si de nuevo alguien me hubiera hecho saltar del diván; volví A vestirme y procedí a un nuevo examen. «¿Cómo había podido yo acostarme por segunda vez, sin poner en orden mis ropas? ¡Por Dios! Exacto, exacto. No se me había ocurrido quitar el nudo corredizo de mi abrigo. ¿Dónele habría tenido yo la cabeza? En un registro habrían dado con él.» Dime prisa a deshacer el nudo y lo hice menudos pedacitos, que arrojé debajo del diván. Aquellos hilachos de lana no podían en ningún caso inspirar sospechas.