El diario de Raskolnikov

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¡Santo Dios, nunca ha venido Nastasia a despertarme! ¿Y qué querrá de mí el portero?

Me incliné y levanté el pestillo. Mi cuarto sólo tenía tres pasos de largo, de suerte que yo podía abrir la puerta desde el diván, sin levantarme. Verdaderamente, allí estaban, delante de mí, el portero y Nastasia. Nastasia me miraba de un modo especial, en tanto yo contemplaba al portero con la desesperación en el alma. Él me tendió en silencio una hoja de papel gris, sellada.

—Una citación de la Policía, de parte del comisario —dijo.

—¿De la Policía?

—Sí; tiene usted que ir allá.

—¿Para qué?

—¿Cómo quiere usted que yo lo sepa? Tiene usted que ir. ¡Vaya, y en paz!

Yo le encontraba un aire extraño; inspeccionaba el cuarto con los ojos y se hacía el remolón para irse.

—Pero ¡si estás enfermo! —dijo de pronto Nastasia, y me miró tensa y fijamente.

También el portero volvióse otra vez hacia mí.

—Mire usted la fiebre que tiene.

Yo callaba y contemplaba fijo la hoja sin abrir.


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