El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov —¿Ve usted? —repetÃa Nastasia—. Sigue tumbado —dijo luego, al notar que yo querÃa levantarme—. No vayas allÃ, estás enfermo... Pero ¿qué es lo que tienes en la mano?
Entonces fue cuando me di cuenta de que aún conservaba entre los dedos los bordes del pantalón, los calcetines y demás pingajos. Me habÃa quedado dormido sin soltar todo aquello. Luego, al reflexionar sobre el episodio, recordé que al despertarme de mis pesadillas de fiebre, habÃa apretado convulsivamente aquellos harapos y me habÃa vuelto a amodorrar con ellos.
—Mire usted qué pingajos ha reunido ahÃ; y con esos trapos se ha dormido, como si fueran un preciado tesoro.
Nastasia se echó a reÃr; se reÃa por todo.
Yo me cubrà hasta la cabeza con mi abrigo y asà avizoraba atentamente a Nastasia; no obstante no encontrarme en estado de recapacitar, comprendÃa, sin embargo, que no se habla en ese tono a un individuo al que van a meter en la cárcel. Pero ¿qué querrÃa de mà la PolicÃa?
—¿No quieres tomar un poco de té? ¿Te traigo una taza?
—No; voy a salir ahora mismo —dije.
—Pero ¿vas a bajar solo la escalera?
—Bueno, como quieras.