El diario de Raskolnikov

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Salió del cuarto. Maquinalmente rasgué yo el volante y leí. Hube de tardar mucho en enterarme; era una citación vulgarísima de la Comisaría, para que me presentase allí aquel mismo día, a las once.

Dejé caer los brazos. Transcurrieron cinco minutos. Aquello podía ser un ardid... Quizá se propusieran atraerme a la Comisaría... Yo hasta entonces no había tenido nunca líos con la Policía... Pero, de otra parte, ¿qué podía significar aquella citación? Sea como fuere, iré, iré sin falta. ¡Dios de los cielos! Me arrodillé para rezar; pero di en seguida un salto y empecé a vestirme aprisa.

Me puse el sombrero; pero me sentía muy angustiado al salir de mi cuarto y bajar la escalera. En aquel momento recordé que todos los objetos robados los dejaba en el escondrijo; me detuve, pero me entró una desolación tan sin esperanza, que maquinalmente proseguí mi camino.

—¡Que pase lo que pase! —pensé.

Mis tormentos eran simplemente insoportables; me sentía completamente incapaz de luchar.

—Primero darse cuenta —me dije—. Por lo visto, han debido de verme pasar por delante de la Comisaría, al volver anoche, después del hecho.

—Seguramente todo esto es raro —pensé, en tanto salía a la calle.


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