El diario de Raskolnikov

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El sol me cegaba de tal modo, que los ojos me escocían. Todo me parecía que daba vueltas a mi alrededor, como suele ocurrir cuando, teniendo fiebre, sale uno al aire. Parecíame como si en mi cabeza fuese a estallar una bomba. Tropecé varias veces y choqué con algunos transeúntes.

—Si me preguntan, lo confieso todo —pensaba.

—¡No, no confesaré nada, nada! ¡Absolutamente nada!

Esos pensamientos se arremolinaban en mi mente, en tanto me acercaba a la Comisaría. Temblaba en la expectación de lo que fuera a ocurrir, desde la cabeza hasta los pies.

La Comisaría estaba a unos cuatrocientos pasos de distancia de mi alojamiento; sabía yo dónde estaba; pero no había estado en ella nunca. En la puerta me tropecé con un muchik que, con un cuadernillo en la mano, bajaba la escalera. Aquella escalera conducía, pues, a las oficinas. Subí por ellas.

—Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo.


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