El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov En el cuarto piso, una puerta, a la izquierda, daba paso a la ComisarÃa; estaba abierta de par en par. Entré y me detuve en un recibimiento, donde estaban plantados dos muchiki2. Allà hacÃa un calor sofocante, todavÃa más que en la escalera. El tufo de las paredes recién pintadas me quitaba la respiración. Aguardé un momento, y después me decidà a penetrar en el cuarto contiguo. Algunos empleados, apenas mejor vestidos que yo, estaban sentados detrás de sus pupitres. Me dirigà a uno de ellos.
—¿Qué quieres?
Yo le mostré mi citación.
—¿Es usted estudiante? —preguntóme, después de lanzar una rápida mirada al documento.
—Estudiante.
Me miró con curiosidad.
—Pues dirÃjase usted al jefe del negociado, que está ahà —rezongó, señalándome el último aposento.