El diario de Raskolnikov

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Pasé a aquella habitación que, con ser ya de por sí bastante chica, estaba además atestada de público. Había allí gente mejor vestida que en los otros cuartos, y entre ella, hasta dos señoras. La una, de luto, producía una pobre impresión; estaba sentada frente al jefe y escribía algo, bajo su dictado. La otra, bastante bien formada, con la cara sanguínea, colorada, vestía con elegancia llamativa; estaba un poco aparte y aguardaba. Había allí también otros dos sujetos, con capotes bastante raídos; un comerciante que olía mucho a vino y lucía un chaleco de raso, sumamente pringoso, y un extranjero, más otras tres personas, que ya no recuerdo. Iban y venían transversalmente por la sala; era aquello un constante flujo y reflujo.

Le presenté al jefe mi volante. Me miró de soslayo y dijo:

—¡Inmediatamente, aguarde usted un momento!

Luego, volvióse otra vez hacia la señora.

—Por lo visto, no se trata de eso —di jeme en seguida.


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