El diario de Raskolnikov

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Poco a poco, fui recobrando la lucidez; me hicieron aguardar un buen rato. Algunos detalles secundarios hubieron de chocarme y entretener mi atención, en tanto otros los pasé completamente por alto. Con especial atención observaba yo al jefe del negociado, tratando de adivinar sus pensamientos mediante la lectura de sus facciones. Era un hombre joven, de unos veinticinco años, de aspecto bastante simpático y vestido con rebuscada elegancia. Llevaba el pelo partido con raya sobre la nuca, y muy untado de cosmético. En sus dedos, bien cuidados, brillaba muchedumbre de sortijas; una cadenilla de oro, de la que pendían unos impertinentes, serpeaba por su chaleco; hasta llegó a cambiar con el extranjero algunas frases en francés.

—No, en absoluto, va a hablarme de eso —pensé yo.

Y me puse a observar ahincadamente su rostro para penetrarle y adivinar su opinión sobre mí.

—Pero ¡tome usted asiento, Luisa Ivánovna! —dijole a la señora llamativamente vestida, de la cara colorada, que, por lo visto, no se atrevía a sentarse.

—Ich dank3 —dijo ella por lo bajo, y se dejó caer en una silla.


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