El diario de Raskolnikov
El diario de Raskolnikov Su falda de seda rumoreó. La contemplé atentamente; su traje, azul claro, guarnecido de encaje blanco, inflábase como un globo y cogía casi media habitación. Sentía ella ocupar tanto espacio, y, a pesar de su simpática sonrisa, daba una impresión de inseguridad.
La señora de luto había despachado ya su asunto, y se levantó. De pronto apareció, armando mucho mido, un oficial de facha fanfarrona, que a cada paso subía y bajaba los hombros. Arrojó su gorro, adornado con una escarapela, encima de la mesa, y se desplomó en un sillón de respaldo.
Al verlo, levantóse la señora elegante y le hizo una reverencia. El oficial no le consagró la más mínima atención; pero ella no se atrevió ya a sentarse en su presencia. El oficial aquel era el ayudante del comisario. Me miró de soslayo y me lanzó una mirada de indignación; yo iba vestido verdaderamente de un modo que daba grima, y toda mi persona ofrecía también un deplorable aspecto. Tenía fiebre y estaba enteramente calado de sudor.
—¿Qué busca usted aquí? —gritóme, al notar que su despectiva mirada no me había intimidado lo más mínimo.
Aquella interpelación me tranquilizó hasta cierto punto. «No sabe nada...»