El doble

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Se vistió como pudo; sin perder tiempo, abrió la puerta con otra llave, bajó corriendo la escalera y, ya sin detenerse a interrogar al portero sobre su criado, sabiendo que sería superfluo, que todo era una confabulación donde cada uno sacaba provecho del otro, salió rápido a la calle y se encaminó al trabajo. Sin embargo, en la esquina de la calle Italiánskaia y Shestilávochnaia, nuestro héroe logró recapacitar a tiempo, cambió de decisión y resolvió volver a casa por un momento. «No pasa nada si llego un poco tarde –pensó–. Después de todo, esa palabra aún sin pronunciar no puede quedar así. Primero, por tarde o temprano que llegue al trabajo, el desenlace va a ser el mismo. Todo gira en torno a la cuestión. Aunque también puedo… Así lo haré… Puedo ir a ver a su excelencia por la tarde, decir que bueno, que… es un caso extraordinario… que me encomiendo a él, y al mismo tiempo le expongo que… ¡Así es como sucederá todo! Y, en cuanto al asunto principal, parece que más ya no habrá de empeorar; todo está bien, todo marcha viento en popa. En cualquier caso, tengo que escribirle otra vez a ese, y escribirle cuanto antes; tengo que prevenir y amedrentar a ese imbécil, precisamente amedrentarlo, sin falta amedrentarlo; decirle que así y asá, muy señor mío, que usted esto y lo otro… ¡y amedrentarlo! Yo a usted, muy señor mío, le abro los ojos, y, por lo demás, deseo de todo corazón quedar con usted como amigo, etcétera… eso es completamente necesario. Y a ese otro debo anunciarle resuelta y francamente que su juego es muy intrincado, decirle que es demasiado intricado, se lo aseguro… Que si se mira el asunto de tal y cual manera, muy señor mío y miserable, dejaremos que su juego lo desenrede alguien situado más arriba, alguien más limpio que usted y yo… que lo pasaremos a otra instancia… que lo enviaremos más arriba, que nosotros, muy señor mío, también sabemos aprovechar las ocasiones, que cada uno, muy señor mío, protege su propia nariz, la mima y la cuida, y nosotros, muy señor mío, no nos sonamos la nuestra de cualquier modo, etcétera. Eso es lo que haremos. Así es. O sea, hablaremos con atrevimiento, con lenguaje franco y noble, con una resolución de acero, como se dice en buen estilo, y con una firmeza de hierro, lo cual, como sabe todo el mundo, cualquier canalla teme, etcétera. O, quizá, también pueda hacerse de otra manera… es decir… es decir, darle al asunto un giro diferente, es decir, así y asá, y… ser as-tu-tos… es decir, no, ¿por qué andarse con astucias? ¡La astucia es vil! Pero, así, también con un lenguaje franco, noble y del todo atrevido, o sea, eso es… decir que así y asá… que, si alguna culpa pesa sobre mí, estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, que puede que esté dispuesto, que tenga la culpa… aunque también, en fin… bueno, y de una manera noble, desde luego…»


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