El doble

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El señor Goliadkin levantó al fin los ojos y, si no se desmayó, fue únicamente porque desde un primer momento ya lo había presentido todo, porque desde un primer momento ya había sido advertido de todo, porque en su corazón había adivinado quién era el extraño. El primer movimiento del señor Goliadkin fue lanzar una mirada por todas partes para ver si no se oía algún cuchicheo, si no corría al respecto alguna ocurrencia de oficina, si alguien no torcía el rostro en un gesto de asombro, si alguien, por último, no se había desplomado de espanto bajo su escritorio. Pero, para gran sorpresa del señor Goliadkin, nadie daba la menor muestra de algo parecido. El comportamiento de sus compañeros y colegas lo dejó asombrado. Parecía más allá del sano juicio. El señor Goliadkin incluso se asustó ante tan extraordinario silencio. La realidad hablaba por sí misma; el asunto era extraño, incongruente, absurdo. Había de qué estremecerse. Todo esto, desde luego, solo pasaba fugazmente por la cabeza del señor Goliadkin. Sentía que ardía a fuego lento. Y había motivo, por cierto. Todo lo que sentía el señor Goliadkin se veía plenamente justificado por las circunstancias presentes. El que estaba ahora sentado frente al señor Goliadkin era el terror del señor Goliadkin, era la vergüenza del señor Goliadkin, era la pesadilla de la víspera del señor Goliadkin; en una palabra, era el propio señor Goliadkin; no el señor Goliadkin que ahora estaba sentado sobre la silla boquiabierto y con la pluma petrificada en la mano; no el que trabajaba como ayudante de su jefe de despacho; no el que gustaba de esfumarse y ocultarse en la muchedumbre; no el que, por último, tenía un andar que decía a las claras: «No me toque y yo no lo tocaré», o: «No me toque, porque yo no lo estoy tocando»; no, era otro señor Goliadkin, otro completamente, pero, a la vez, completamente similar al primero, de la misma estatura, de la misma complexión, con la misma ropa, con la misma calvicie; en una palabra, nada, decididamente nada había sido olvidado para una similitud completa, de modo tal que, si se los pusiera uno al lado del otro, nadie, decididamente nadie, se habría arriesgado a decir cuál era precisamente el verdadero señor Goliadkin y cuál el falso, cuál el viejo y cuál el nuevo, cuál el original y cuál la copia.


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