El doble

El doble

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Nuestro héroe, si cabe la comparación, se hallaba ahora en la situación de un hombre al que un bromista, por mera diversión, enfoca a escondidas una lente ustoria. «¿Qué es esto? ¿Es un sueño o no? –pensaba el señor Goliadkin–. ¿Es real o es la continuación de anoche? ¿Cómo es posible? ¿Con qué derecho ocurre todo esto? ¿Quién ha admitido a este empleado? ¿Quién lo ha autorizado? ¿Estaré durmiendo, acaso? ¿Estaré soñando?» El señor Goliadkin atinó a pellizcarse, incluso atinó a darse ánimos para pellizcar a otro… No, no era un sueño, y punto. Él, él mismo estaba sentado ante sí, como si delante de él hubieran puesto un espejo. El señor Goliadkin sintió que se bañaba en sudor, que le ocurría algo inaudito y hasta entonces nunca visto, y por ello mismo, para colmo de desgracias, indecoroso, ya que el señor Goliadkin comprendía y percibía toda la desventaja de ser el primer ejemplo de un suceso tan farsesco. Hasta empezó a dudar de su propia existencia, y si antes estaba dispuesto a todo y él mismo deseaba que sus dudas se disiparan de un modo u otro, la realidad misma del episodio excedía, desde luego, toda expectativa. La angustia lo oprimía y atormentaba. Por momentos perdía enteramente la razón y la memoria. Al volver en sí tras uno de esos instantes advirtió que estaba pasando la pluma por el papel maquinal e inconscientemente. Sin confiar en sí mismo, se puso a verificar todo lo que había escrito… y no entendió nada. Al fin, el otro señor Goliadkin, sentado hasta entonces mansa y decorosamente, se levantó y desapareció por la puerta de otra sección para atender algún asunto. El señor Goliadkin miró alrededor… y nada, todo estaba tranquilo; se oía tan solo el chirrido de las plumas, el roce de las hojas al darles la vuelta y el murmullo de las conversaciones en los rincones más distantes del sillón de Andréi Filíppovich. El señor Goliadkin echó un vistazo a Antón Antónovich y, como, con toda probabilidad, el rostro de nuestro héroe reflejaba cabalmente su situación actual y armonizaba con el sentido general del caso, es decir, que en cierto modo llamaba mucho la atención, el bueno de Antón Antónovich dejó a un lado su pluma y con inusual interés preguntó por la salud del señor Goliadkin.


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