El doble
El doble –Yo, Antón Antónovich, gracias a Dios… –dijo tartamudeando el señor Goliadkin–. Yo, Antón Antónovich, me encuentro perfectamente. Yo, Antón Antónovich, no tengo nada por ahora –añadió indeciso, sin creer del todo en el tantas veces mencionado Antón Antónovich.
–¡Ah! Pues me ha parecido que no estaba bien. Por lo demás, no tendrÃa nada de extraño, ¡bien podrÃa pasar! Con las epidemias que hay por estos dÃas, mire…
–SÃ, Antón Antónovich, sé que hay tales epidemias… No se debe a eso, Antón Antónovich… –continuó el señor Goliadkin, mirando fijamente a Antón Antónovich–. Yo, vea usted, Antón Antónovich, ni siquiera sé cómo decÃrselo, o sea, quiero decir, desde qué ángulo encarar el asunto, Antón Antónovich…
–¿Cómo, señor? Yo a usted… Mire… Confieso que no lo entiendo bien. Usted… mire, explÃquese con más detalle, ¿cuál es exactamente la dificultad en la que se encuentra? –dijo Antón Antónovich también con cierta dificultad, al ver lágrimas en los ojos del señor Goliadkin.
–Yo, a decir verdad…. aquÃ, Antón Antónovich… aquà hay un empleado, Antón Antónovich…
–¡Vaya, señor! Sigo sin entender.
–Quiero decir, Antón Antónovich, que aquà hay un empleado nuevo.
–SÃ, en efecto; tiene su mismo apellido.