El doble
El doble –¿O sea? ¡Ah, sÃ! Pero ¿por qué está tan interesado en eso? Ya le digo: no se haga mala sangre. Eso es algo en parte pasajero. ¿Qué le preocupa? A usted no lo atañe; asà lo dispuso Dios, es su voluntad, y murmurar contra eso es pecado. Ahà se ve su sabidurÃa. Y hasta donde yo entiendo, usted, Iákov Petróvich, no tiene ninguna culpa. ¡Como si no hubiera prodigios en este mundo! La madre naturaleza es generosa; a usted nadie le pedirá explicaciones, usted no tendrá que responder por ello. Pues mire, un ejemplo que viene al caso: imagino que ha oÃdo hablar de estos… ¿cómo se llaman?, ah, sÃ, los hermanos siameses, que nacieron unidos por la espalda y asà viven, comen y duermen juntos; dicen que hacen buen dinero.
–PermÃtame, Antón Antónovich…
–¡Lo comprendo, lo comprendo! ¡SÃ! Pues eso ¿qué tiene de malo? ¡Nada! Ya le digo que, a mi humilde entender, no tiene por qué hacerse mala sangre. ¿Qué tiene de malo? Es un empleado como cualquier otro. Un hombre práctico, por lo visto. Dice que se llama Goliadkin, que no es de aquÃ, que es consejero titular. Ha hablado personalmente con su excelencia.
–¿Ah, s� Y ¿qué tal?