El doble

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El relato del señor Goliadkin menor duró unas tres o cuatro horas. No obstante, la historia de sus aventuras se componía de los más frívolos y, por así decirlo, más míseros incidentes. Algo respecto a su servicio en un tribunal de provincias, a fiscales y presidentes, a ciertas intrigas de oficina, a la degradación espiritual de un jefe de despacho, a un inspector, a un brusco cambio de jefes, a cómo el señor Goliadkin segundo había sufrido sin tener culpa alguna, a su anciana tía, Pelaguéia Semiónovna, a cómo él, víctima de diversas intrigas de sus enemigos, había perdido el trabajo y venido a pie a Petersburgo, a los padecimientos y adversidades que había pasado aquí, en Petersburgo, a cómo había buscado larga e infructuosamente trabajo, se había arruinado, se había gastado todo el dinero en comida, había vivido casi en la calle, había comido pan duro humedecido con sus propias lágrimas, había dormido a suelo pelado y, por último, a cómo una buena persona había hecho gestiones por él, lo había recomendado y generosamente le había proporcionado su nuevo trabajo. El invitado del señor Goliadkin lloraba mientras narraba, y se secaba las lágrimas con un pañuelo azul a cuadros que parecía más bien un trozo de hule. Acabó abriendo por entero su corazón al señor Goliadkin y confesando que por ahora no solo no tenía con qué vivir ni hallar una vivienda decente, sino tampoco para vestirse como era debido; que no le alcanzaba ni para unas botas de mala muerte y que el uniforme se lo habían prestado por breve tiempo.


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