El doble

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El señor Goliadkin estaba enternecido, sinceramente conmovido. Por lo demás, y aunque la historia de su invitado era una historia baladí, las palabras que la componían se habían ido depositando en su corazón como maná celestial. El caso es que el señor Goliadkin había olvidado sus últimas dudas, había abierto su corazón a la libertad y la alegría y, por último, acabó considerándose un tonto para sus adentros. ¡Todo era tan natural! ¡Y tanto que se había afligido y alarmado! Bueno, en verdad había una circunstancia espinosa, pero no se trataba de ninguna desgracia: no podía mancillar a un hombre, ni herir su amor propio, ni arruinar su carrera, ya que el hombre no es culpable cuando la que se inmiscuye es la propia naturaleza. Además, el invitado pedía protección, el invitado lloraba, el invitado acusaba al destino, parecía tan ingenuo, tan cándido y bondadoso, tan lamentable e insignificante; por lo visto, él mismo se avergonzaba, aunque quizá en otro sentido, de su extraña semejanza con el anfitrión. Se conducía de un modo que inspiraba la mayor confianza, procuraba complacer, y miraba como lo hace un hombre atormentado por remordimientos de conciencia y que siente culpa ante el otro. Si la conversación, por ejemplo, giraba en torno a una cuestión controvertida, el invitado estaba inmediatamente de acuerdo con la opinión del señor Goliadkin. Si de algún modo, por error, expresaba una opinión contraria a la del señor Goliadkin y luego advertía que se había despistado, corregía enseguida su discurso, se explicaba y daba a entender que comprendía el asunto del mismo modo que su anfitrión. En una palabra, el invitado hacía todos los esfuerzos posibles por «ganarse» al señor Goliadkin, de modo que este acabó decidiendo que su invitado debía ser un hombre muy amable en todo sentido. A todo esto, sirvieron el té; eran más de las ocho. El señor Goliadkin se sentía en una estupenda disposición de ánimo, se alegró, se regocijó, se soltó un poco y se entregó, por último, a una animada y entretenida conversación. Bajo el efecto de la alegría, gustaba a veces de contar cosas interesantes. Y así sucedió ahora: le contó a su invitado muchas cosas sobre la capital, sus distracciones y bellezas, el teatro, los clubes, un cuadro de Briullov; sobre cómo dos ingleses viajaron especialmente de Inglaterra a Petersburgo para apreciar la reja del Jardín de Verano y enseguida se volvieron a su tierra; sobre el trabajo, Klara Olsúfievna y Andréi Filíppovich; sobre cómo Rusia avanza hora a hora hacia la perfección, y que «aquí florece hoy el arte de las letras»;19 un chiste que había leído hacía poco en La Abeja del Norte, y que en India había una boa constrictora de extraordinaria fuerza; por último, sobre el barón Brambeus,20 etc., etc. En una palabra, el señor Goliadkin sentía plena satisfacción; primero, porque estaba completamente tranquilo; segundo, porque no solo no temía a sus enemigos, sino que ahora estaba dispuesto a retarlos a un combate decisivo; tercero, porque ejercía protección con su propia persona y, a fin de cuentas, hacía algo bueno. Sin embargo, en su fuero íntimo reconocía que aún no era del todo feliz en ese instante, que habitaba en él un gusanillo –muy pequeño, por cierto– que le seguía royendo el corazón. Lo atormentaba indeciblemente el recuerdo de lo ocurrido la víspera en casa de Olsufi Ivánovich. Habría dado cualquier cosa en ese momento por que no se hubieran producido varios de los sucesos del día anterior. «¡Bueno, después de todo, qué más da!», concluyó al fin nuestro héroe, y tomó la firme decisión de que en adelante se comportaría bien y no incurriría en semejantes desatinos. Como el señor Goliadkin se había soltado por completo y se sentía casi en el colmo de la felicidad, se le ocurrió oportuno entregarse a ciertos placeres. Petrushka trajo ron y prepararon un ponche. El invitado y el anfitrión apuraron un vaso y luego otro. El invitado se volvió más amable que antes y dio a su vez sobradas muestras de su carácter feliz y franco, hacía las delicias del señor Goliadkin, parecía alegrarse solo por la alegría de este y lo miraba como a su único y auténtico bienhechor. Tomando una pluma y una hojita de papel, le pidió al señor Goliadkin que no mirara lo que iba a escribir, y luego, cuando terminó, le mostró lo escrito. Era una cuarteta bastante sentida, compuesta además con espléndida letra y estilo, y, por lo visto, obra del amable invitado:


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