El eterno marido

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—¡Le juro a usted que no! ¡Vamos, váyase usted, o le van a armar una trapatiesta!

Y le tendió cordialmente la mano. Pero, con gran sorpresa de su parte, Pavel Pavlovich retiró la suya.

La campana sonó por tercera vez.

Algo extraño pasó entonces entre ellos. Los dos estaban como transformados. Veltchaninov ya no reía. Había sentido, dentro, un temblor, un desgarramiento repentino. Cogió a Pavel Pavlovich por los hombros, violentamente, brutalmente.

—¡Pero si yo, yo, le tiendo a usted esta mano —y le mostraba la palma de su mano izquierda, en la que aún se veía la larga cicatriz de la herida— supongo que no irá usted a rehusarla! —dijo en voz baja, con los labios pálidos y trémulos.

Pavel Pavlovich se puso lívido, y una convulsión pareció descomponerle el rostro.

—¿Y Liza? —dijo con voz sorda, entrecortada.

Y de pronto sus labios se estremecieron, le tembló la barbilla y los ojos se le arrasaron en lágrimas. Veltchaninov seguía en pie, ante él, como petrificado:

—¡Pavel Pavlovich! ¡Pavel Pavlovich!

Y esta vez fue como un aullido, como si estuviesen degollando a alguien.

Al mismo tiempo, sonó un silbato.


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