El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —¡Pero… eso es un absurdo! —exclamó, ruborizándose—. Tu poema es un elogio de Jesús y no una blasfemia…, como tú querÃas. ¿Y quién te creerá lo de la libertad? ¿Es asÃ, es asà como hay que interpretarla? ¿Es que es ésa quizá la teorÃa de la Iglesia ortodoxa?… Eso es aplicable a Roma, y aun asÃ, no a toda Roma; eso no es verdad…, ésos son los peores católicos, los inquisidores, ¡los jesuitas!… Y, además, que no puede haber un personaje tan fantástico como tu inquisidor. ¿Qué es eso de tomar sobre sà los pecados de los hombres? ¿Quiénes son esos guardadores de secretos que cargan con esa maldición por la felicidad de las gentes? ¿Cuándo se ha visto eso? Conoces a los jesuitas, de ellos se habla mal, pero ¿son esos a los que tú te refieres? En absoluto, no; en absoluto, no… Ellos no son otra cosa que el ejército de Roma para el futuro universal imperio terreno, con un emperador…, el pontÃfice romano a la cabeza…: he ahà su ideal, pero sin nada de misterios ni exaltada tristeza… La más sencilla ansia de poder, de sucios bienes terrenales, de dominación… Algo asà como un futuro derecho feudal, actuando ellos de señores… He ahà todo lo que anhelan. No creen en Dios, quizá. Tu sufriente inquisidor… es una fantasÃa…