El Gran Inquisidor

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Se comían con los ojos el uno al otro. El gordo aguardaba la contestación y apretaba los puños, cual si fuera a lanzarse a vías de hecho. Yo, a decir verdad, pensé que iban a acabar riñendo; para mí todo aquello era nuevo y lo contemplaba con curiosidad. Pero andando el tiempo pude convencerme de que tales escenas eran de todo punto inofensivas y se representaban, como en el teatro, para asombrar a la galería; casi nunca había riñas en el presidio. Todo aquello resultaba bastante característico y reflejaba la moral de la cárcel.

El preso alto se mantenía muy tranquilo y altanero. Sentía que lo estaban mirando y aguardando a ver qué hacía; si atinaba o no con una buena réplica; que era menester no ablandarse, demostrar que él, efectivamente, era un pájaro y concretar qué clase de pájaro. Con inexpresable desdén lanzó una mirada a su adversario, procurando, para que resultase más grave la ofensa, mirarlo por encima del hombro, de arriba abajo, como si mirase a algún escarabajo, y con lentitud y claridad pronunció:

—¡Una garza!…

¡O sea, que era una garza! Una estrepitosa carcajada premió la ocurrencia del preso.

—¡Tú eres un tunante, no una garza!… —replicó el gordo, comprendiendo que lo despreciaba en todos sentidos y su cólera rayaba en el colmo.


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