El idiota
El idiota —He entrado aquà con el corazón inquieto —murmuró Michkin, cuya creciente turbación se advertÃa en su voz agitada y su extraño lenguaje—. TenÃa miedo de ustedes… y sobre todo de mà mismo. Cuando volvà a San Petersburgo me habÃa prometido formalmente conocer el gran mundo, la clase elevada a la que pertenezco yo mismo, de la cual soy miembro por derecho de nacimiento. Me encuentro ahora entre prÃncipes como yo, ¿verdad? Deseaba conocerlos, era necesario, absolutamente necesario. He oÃdo siempre hablar de ustedes antes mal que bien. ¡Se dicen y escriben tantas cosas sobre ustedes! Se los representa como seres ignorantes, superficiales, retrógrados, exclusivamente consagrados al culto de intereses mezquinos, profesando costumbres ridÃculas… Me duelen los oÃdos de escuchar todas esas acusaciones y por todo ello he venido aquà con una curiosidad inquieta, queriendo juzgar por mà mismo, formar una opinión personal sobre el asunto. «Veamos —me decÃa— si lo que se dice en todas partes es verdadero, si esa clase superior de la sociedad rusa es una clase inútil, si ha pasado su tiempo ya, si la savia vital está extinta en ella, si no se compone más que de cadáveres que se niegan a desaparecer y se obstinan en cerrar el camino a los hombres… del porvenir». Yo no admitÃa, de antemano lo advierto, ese modo de ver, dado que entre nosotros, los rusos, no ha existido nunca una clase superior, salvo la nobleza cortesana, que ahora ha desaparecido por completo, ¿verdad?