El idiota
El idiota —Pero en todo caso, por lo que dice parece que viene a entablar un combate. Yo creÃa que usted era más… espiritual.
Miráronse con enemistad recÃproca y ya franca. Una de aquellas mujeres era la misma que poco atrás habÃa escrito a la otra las cartas que conoce el lector. Y he aquà que, en su primer encuentro, a las palabras iniciales que cambiaron, todos sus sentimientos se desvanecÃan. Sin embargo, ninguno de los allà reunidos pareció considerarlo extraño. La vÃspera, Michkin hubiera juzgado imposible y absurda semejante escena, y ahora, empero, estaba allÃ, mirando y escuchando con el aire de un hombre que ve realizarse un antiguo presentimiento. El sueño más disparatado habÃase convertido de repente en la más tangible realidad. Una de aquellas mujeres despreciaba a la cara de tal modo, y deseaba decÃrselo con tanto afán (acaso no hubiese acudido más que para eso, como opinó Rogochin al dÃa siguiente), que la otra, a pesar de su carácter extravagante, su espÃritu descarriado y su alma enferma, hubo de prescindir de toda idea que pudiese haber concebido de antemano, al hallarse con el amargo desprecio, genuinamente, de su rival. Michkin tenÃa la certeza de que Nastasia Filipovna no hablarÃa de las cartas, y hubiera dado la mitad de su vida porque Aglaya hiciese lo mismo.
La joven pareció recobrar su aplomo.