El idiota

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Pasadas dos semanas, es decir, a principios de julio, la última aventura de nuestro protagonista se había convertido en objeto de las conversaciones de todos, mencionándose como anécdota extraña, divertida, inverosímil y, a la vez, casi cierta. En Pavlovsk no había quien no refiriese, con mil variantes, el caso de un príncipe que, a punto de casarse con una muchacha de familia honrada y muy conocida, se había prendado de una mujer equívoca, rompiendo con su novia y proponiéndose a despecho de todos, y a trueque de arrostrar la pública indignación, casarse en breve con dicha mujer. La historia incluía tales escándalos, se hacían figurar en ella personajes tan importantes, se presentaba bajo colores tan fantásticos, se alegaban hechos tan positivos, que la general curiosidad y las desbordadas habladurías se hallaban, en aquel caso, justificadas en gran parte. La versión que parecía más probable y que divulgaban los narradores más serios —es decir, esa clase de comentaristas que se encuentran en todas las capas sociales, que conocen todo lo concerniente a quienes tratan, y que parecen hallar su ocupación y hasta su consuelo en semejante trabajo— era la siguiente: un joven de buena familia con título de príncipe, casi imbécil, demócrata, trastornado por el nihilismo contemporáneo que acaba de descubrir Turguenev, y casi ignorante del idioma ruso, se había prendado de una de las hijas del general Epanchin y sido aceptado como novio oficial. Pero su intención era jugar a la familia una pasada semejante a la de aquel seminarista francés que, tras dejarse ordenar y cumplir todas las fórmulas rituales, había hecho, al día siguiente de ser ordenado, pública profesión de ateísmo, en carta dirigida al obispo y reproducida por los periódicos liberales. Decíase que a ejemplo de aquel hombre, el príncipe había resuelto promover un escándalo en casa de los padres de su prometida, aprovechando una recepción en que iba a ser presentado a varios elevados personajes. Había, en efecto, aguardado aquel momento para proclamar sus opiniones ante todos, injuriar a funcionarios de alta jerarquía y retirar públicamente la palabra dada a la novia. En vista de ello se ordenó a los criados que le expulsaran y, luchando con ellos, había roto un magnífico jarrón de China. Como detalle característico de las costumbres modernas, se añadía que aquel joven amaba locamente a la hija del general y que si había roto con ella era sólo por fidelidad a los principios nihilistas, ya que deseaba proporcionarse la satisfacción de casarse con una cualquiera, probando así que a sus ojos no existía diferencia entre las mujeres virtuosas y las mujeres sin honra, y que, de existir dicha diferencia, era en favor de las últimas. Esta explicación parecía la más plausible y los moradores de Pavlovsk la aceptaban con tanto mayor motivo cuanto que los hechos diarios tendían a confirmarla. Existían, desde luego, circunstancias oscuras. Contábase, por ejemplo, que la pobre joven quería tanto a su prometido —algunos decían «a su seductor»— que al día siguiente del escándalo había ido a buscarle a casa de su amante. Otros, por el contrario, decían que era él quien la había traído allí para afirmar sus principios nihilistas cubriéndola de oprobio. Fuese como fuera, el caso despertaba un interés que aumentaba de un día a otro y la curiosidad pública estaba muy excitada. La perspectiva de una boda escandalosa era juzgada indudable para todos. Y si ahora se nos pidieran a nosotros esclarecimientos, no sobre el aspecto nihilístico del asunto —¡oh, eso no!—, pero sí sobre si tal casamiento entraba o no en los propósitos del príncipe, y sobre cuáles eran los deseos reales de éste confesaríamos que nos veríamos en grave dificultad. Sólo podemos decir que el casamiento, en efecto, había sido decidido y que Michkin había descargado el trabajo para cumplir los trámites necesarios en Keller, Lebediev y un amigo presentado al príncipe por Lebediev. Estos hombres tenían orden de no reparar en gastos para abreviar las gestiones. Nastasia Filipovna insistía en que el casamiento tuviese efecto lo antes posible; Keller había suplicado al príncipe que le aceptase como padrino y Michkin accedió a ello; Burdovsky, designado para llenar idénticas funciones cerca de Nastasia Filipovna, las aceptó con entusiasmo, y la boda debía celebrarse a primeros de julio. Pero, aparte esos hechos, de exactitud indiscutible, poseemos otros detalles que nos desconciertan, porque desmienten los primeros. Así, o mucho nos engañamos o, casi inmediatamente de haber dado poderes a Lebediev y a los demás, Michkin olvidó al maestro de ceremonias, a los padrinos y a todo lo concerniente a la boda. Y si se dio tanta prisa en descargarse de aquellas gestiones, tal vez fuese porque deseara olvidarlo todo cuanto antes. ¿Qué cabe pensar, pues? ¿Qué quería recordar y a qué aspiraba? Es indudable, por ende, que ninguna clase de coacción fue ejercida sobre él, ni por parte de Nastasia Filipovna ni por parte de nadie. Cierto que la joven anhelaba un casamiento rápido y que era ella quien lo había propuesto; pero él consintió de buen grado aunque con cierta distracción, como si se tratara de cosa que le fuese indiferente o poco menos. Aun podríamos indicar otros detalles singulares, pero creemos que, lejos de esclarecer las cosas, las tornarían más obscuras. Citaremos, sin embargo, un ejemplo más.


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