El idiota

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En aquel momento distinguió en la estancia, frente a él, a Nastasia Filipovna. Evidentemente, Rogochin no contaba encontrarla allí, porque el verla le produjo un efecto extraordinario. Palideció de tal modo, que hasta sus labios perdieron el color.

—¡Conque era verdad! —dijo en voz baja, como para sí, mientras una expresión absorta se fijaba en su semblante—. ¡Esto es el fin! Ea, ¿me contestas o no? —gritó de pronto dirigiendo a Gania su mirada colérica—. ¡Vamos, habla!

Se ahogaba; las palabras salían de su garganta con dificultad. Dio maquinalmente un paso para entrar en el salón, pero al cruzar el dintel distinguió a las señoras Ivolguin y, a pesar de su nerviosidad se detuvo, algo turbado. Lebediev le seguía. El funcionario, muy cargado ya de bebida, acompañaba a Rogochin como si fuese su sombra. Después iban el estudiante, el atleta, Zaliochev, que saludaba en todas direcciones, y el hombrecillo obeso. Desde el primer momento todos se sintieron confusos por la presencia de Nina Alejandrovna y de Varia, pero no cabía contar demasiado con lo duradero de aquella impresión y era notorio que cuando llegase el momento de «empezar» olvidarían muy pronto el respeto debido a las señoras.

—¡Cómo! ¿También tú aquí, príncipe? —dijo Rogochin, un tanto sorprendido de aquel encuentro—. ¡Y siempre con polainas! —suspiró.


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