El idiota
El idiota Olvidando en el acto la presencia del príncipe, dirigió la mirada a Nastasia Filipovna, hacia la que avanzaba como atraído por una fuerza magnética.
Nastasia Filipovna contemplaba a los recién llegados con mezcla de curiosidad e inquietud.
Gania recuperó su presencia de ánimo. Miró con severidad a los intrusos y preguntó, con voz fuerte, hablando en especial a Rogochin:
—¿Quieren decirme lo que significa esto? Creo, señores, que no entran ustedes en una cuadra. Mi madre y mi hermana están en el salón.
—Ya lo vemos —murmuró Rogochin, entre dientes.
—Eso está a la vista —agregó Lebediev, por decir algo.
El atleta, creyendo sin duda llegado el momento, emitió un gruñido sordo.
—Sin embargo —continuó Gania, cuya voz alcanzó bruscamente un diapasón aún más elevado—, en primer lugar pasen y luego háganme saber…
Rogochin no se movió de su sitio.
—¿Conque no sabes nada? —inquirió con aviesa sonrisa—. ¿No te acuerdas de Rogochin?
—Me parece haberle visto en algún sitio, pero…