El idiota
El idiota Rogochin iba acompañado casi por los mismos secuaces que cuando hizo su visita a Gania. No obstante, se había agregado dos nuevos reclutas: uno, un viejo desacreditado, antiguo editor de un periódico libelístico y de mala fama. Se atribuía a este hombre la anécdota de haber empeñado en cierta ocasión su dentadura postiza para poder embriagarse. El otro era un subteniente retirado, rival del señor de los puños sólidos, y absolutamente desconocido a la partida de Rogochin, que se lo había incorporado en la acera soleada de la Perspectiva Nevsky, donde solía dirigirse a los transeúntes para solicitarles, con frases a lo Marlinsky, ayudas pecuniarias, añadiendo ladino, que cuando a él, en sus tiempos, le hacían demandas semejantes siempre daba quince rublos cada vez.