El idiota
El idiota —Espera un poco antes de considerarte triunfante —repuso con violencia su sobrino, cuya susceptibilidad habÃan despertado aquellas palabras—. ¡No te entusiasmes! He venido a visitar a mi tÃo, prÃncipe, y le he confesado todo, obrando noblemente, sin disculpar mi conducta, antes bien, calificándola en los términos más severos, como todos los presentes pueden testimoniar. Para ocupar el empleo de que he hablado antes, necesito equiparme un poco, porque ahora ando hecho un harapiento. ¡Mire qué botas! Me es imposible presentarme en la oficina con este atavÃo, y el caso es que si en el término fijado no acudo, el empleo será adjudicado a otro, y ¿cuándo volveré a encontrar ocasión semejante? He pedido, pues, a mi tÃo quince rublos en total, comprometiéndome a no apelar más a su ayuda y obligándome a restituirle en un plazo de tres meses el importe Ãntegro de la deuda. Cumpliré mi palabra. Sé vivir sólo con pan y kvass durante meses enteros, porque soy hombre de carácter. Mi sueldo de tres meses asciende a setenta y cinco rublos, y el dinero que le pido, unido a otros préstamos anteriores, sumará treinta y cinco rublos. Tendré, pues, lo suficiente para pagarle. Y, además, ¡el diablo me lleve!, que me cobre los intereses que quiera. ¿Acaso no me conoce? Pregúntele, prÃncipe, si no le he devuelto el dinero que me ha prestado otras veces. ¿Por qué, pues, se niega ahora? Porque dice que he pagado al subteniente: no alega otra razón. Ahà tiene usted lo que es mi tÃo: un verdadero perro del hortelano.