El idiota

El idiota

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—No hace usted más que insistir en que me acueste. Es usted una verdadera niñera para mí. En cuanto salga el sol y «comience a resonar» en el cielo… ¿Qué poeta ha dicho: «En el cielo comienza el sol a resonar»? Es una cosa sin sentido, pero bella… Pues cuando resuene el sol en el cielo me iré a descansar. Lebediev, ¿será el sol la fuente de la vida? ¿Qué significa en el Apocalipsis la expresión «las fuentes de la vida»? ¿Ha oído usted hablar de la estrella del Apocalipsis, príncipe?

—He oído decir que Lebediev ve en esa estrella la red ferroviaria que cubre Europa.

Comenzaron a sonar risas por todas partes. Lebediev se levantó de pronto.

—No, no, perdón; aquí no se trata de eso —dijo, agitando los brazos, como para contener la hilaridad—. Con estos señores… porque todos estos señores… —quiso aclarar, dirigiéndose a Michkin—, sobre ciertas cosas… Eso es…

Y dio dos puñetazos en la mesa, lo que aumentó las risas generales.

Lebediev se hallaba en su estado habitual de todas las noches, pero acababa de tener una discusión «científica» que le había irritado bastante. Y en casos tales solía prodigar a sus adversarios las muestras del más hondo desprecio.


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