El idiota
El idiota Hipólito, sin hablar, llevóse el índice a la frente y reflexionó por un instante. De improviso, la débil y temerosa sonrisa que crispaba sus labios adquirió una expresión maligna, casi triunfal.
—¡Era usted! —repitió, casi en un murmullo, mas con intensa convicción—. Usted entró en mi cuarto y se sentó, sin hablar, en una silla, junto a la ventana. Allí permaneció una hora o más, porque llegó hacia las doce o la una y eran más de las dos cuando se fue. ¡Era usted, usted! Pero lo que no puedo comprender es por qué fue a espantarme, a torturarme…
Y en su rostro se pintó, una expresión de odio inmenso. Su cuerpo se estremecía de pies a cabeza.
—Van a saberlo todo… ahora mismo, señores… Porque yo…
Asió precipitadamente su manuscrito. Las hojas no estaban en orden y no consiguió intercalarlas debidamente sino con mucho trabajo. Le temblaban las manos terriblemente.
—Está loco, o delira —dijo Rogochin a media voz.