El idiota

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Hipólito le miró. Cuando los ojos de ambos se encontraron, Rogochin sonrió con amargura y pronunció con voz lenta las siguientes extrañas palabras:

—Ése no es el camino oportuno, muchacho, no es el camino…

Nadie, de cierto, comprendió bien lo que Rogochin quería decir, mas, aun así, su frase produjo una rara impresión en el auditorio. A todos se les ocurrió en el instante la misma idea. Las palabras de Rogochin causaron en Hipólito un efecto tremendo: acometióle tal temblor que Michkin hubo de alargar el brazo para sostenerle, y seguramente habría estallado en gritos, de no ahogársele la voz en la garganta. Durante un minuto no consiguió articular una palabra, ni dejó de mirar a Rogochin. Al fin pudo pronunciar:

—¿Así que era usted… era usted…?

—¿Yo? ¿Yo, qué? —repuso Rogochin, perplejo.

Hipólito, presa de repentina ira, enrojecido el rostro, clamó, con vehemencia:

—¡Era usted quien entró en mi cuarto la semana pasada, por la noche, entre una y dos de la madrugada, el día en que yo le visité por la mañana! ¡Era usted! ¡Confiéselo! ¿Era usted?

—¿La semana pasada? ¿Por la noche? ¿Te has vuelto loco, muchacho?


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