El idiota
El idiota —Creo que acabo de escribir una tremenda tonterÃa; pero ya he dicho que no tengo tiempo de corregir. Aunque observe que me contradigo de una lÃnea a otra, no haré la menor corrección. No cambio nada, adrede, porque deseo comprobar mañana si sigo un curso lógico en mis pensamientos y si reparo en mis errores. De ser asÃ, puedo dar por exactas todas las conclusiones que he formulado razonando desde hace seis meses en esta habitación. En otro caso, sabré que no son más que delirios.
—Si hace dos meses fuera, como ahora, a dejar en definitiva esta habitación y despedirme del muro de Meyer, tengo la certeza de que me habrÃa entristecido. Pero ahora no siento nada, aunque mañana voy a abandonar para siempre la habitación y el muro. AsÃ, pues, mi convicción de que, para dos semanas que faltan, no merece la pena lamentar nada ni entregarse a una impresión cualquiera, ha triunfado de mi carácter y acaso desde ahora domine todos mis sentimientos. Pero ¿es esto verdad? ¿Es cierto que mi carácter y naturaleza están totalmente vencidos? Si en este momento me sometieran a tortura, sin duda comenzarÃa a gritar en vez de decir que el sufrimiento es insignificante cuando sólo quedan quince dÃas de vida.