El idiota

El idiota

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—Sí… no… La mitad de una bujía… un cabo. Una bujía entera… Pero ¿qué más da? Y, si quiere saberlo, le diré que también trajo cerillas. Encendió la vela y pasó media hora con el dedo expuesto a la llama. ¿Acaso es un imposible?

—Le he visto ayer y no tenía quemaduras en las manos.

Aglaya rompió a reír.

—¿Sabe por qué acabo de contar esa mentira? —dijo con ingenuidad infantil, mientras una mal reprimida hilaridad hacía temblar sus labios aún—, pues porque, cuando se inventa una historia, si se desliza en ella adrede un detalle extraordinario, extravagante, inaudito, la mentira parece más verosímil. Siempre lo he notado. Pero el procedimiento ha sido un fracaso, porque no he sabido…

Recordó, y su alegría se extinguió en un momento.

—Si el otro día le recité el poema del «hidalgo pobre» —continuó, mirando a Michkin, seria y casi sombría— fue, sin duda, para elogiar a usted en cierto sentido; pero también para criticar su conducta y demostrarle que yo estaba al corriente de todo.

—Es usted muy injusta conmigo y con la desgraciada a quien antes ha calificado tan duramente, Aglaya Ivanovna.


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