El idiota
El idiota —Me he expresado asà porque lo sé todo. Sé que hace seis meses usted, públicamente, le ofreció su mano. No me interrumpa: cito hechos, sin comentarios. Luego ella se fue con Rogochin; después vivió usted con ella no sé si en una ciudad o en el campo, y más tarde ella se fue con otro —y el rostro de Aglaya se cubrió de rubor—. Más adelante, esa mujer ha vuelto con Rogochin, que la ama como… como un loco. Finalmente usted, que es un hombre no menos sensato, se apresuró a venir aquà cuando supo que ella habÃa regresado a San Petersburgo. Ayer por la tarde salió usted en defensa de esa mujer y hace un momento estaba soñando con ella. Ya ve que lo sé todo. ¿Verdad que ha sido por ella por lo que ha venido usted a Pavlovsk?
Michkin, hundido en una melancólica meditación, fijaba los ojos en tierra, sin reparar en la penetrante mirada que la joven clavaba en él.
—SÃ, por ella —repuso en voz baja—; pero sólo para saber… No creo que sea dichosa con Rogochin, aunque… En fin, no sabÃa cómo podrÃa serle útil; pero vine, de todos modos…
Y con un estremecimiento miró a Aglaya, que le habÃa escuchado con reconcentrada ira.
—Si ha vuelto sin saber por qué, es que la ama mucho —dijo ella.