El idiota
El idiota —Cónstele que no le amo —declaró ella bruscamente.
Michkin no contestó. Se produjo otro silencio de un minuto.
—Amo a Gabriel Ardalionovich —dijo Aglaya con voz casi ininteligible, inclinando aún más la cabeza.
—No es verdad —repuso Michkin, bajando también la voz.
—¿Miento, entonces? Pues es verdad; le he dicho que sí anteayer, en este mismo banco.
—No es verdad —repitió con decisión—. Acaba usted de inventar todo eso.
—¡No se puede ser más cortés! Pues entérese de que Gania se ha transformado y me ama más que a su vida. Sólo para probármelo, se quemó la mano ante mis propios ojos.
—¿Se quemó la mano?
—Sí, la mano. Si no lo cree, me tiene sin cuidado. El príncipe reflexionó antes de contestar. Aglaya no bromeaba y parecía enfurecida.
—Si ello sucedió aquí, Gabriel Ardalionovich debió de traer una bujía. Si no, no veo como…
—Sí; la trajo. ¿Qué hay de inverosímil en ello?
—¿Una bujía entera, o un cabo en un candelero?