El idiota

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—Mi agente de negocios faltó a la cita. En esto apareció ese desgraciado joven. Yo acababa de cenar y estaba regularmente bebido. Llegaron los visitantes; se bebió té y… para desgracia mía, me excedí un poco. Cuando vino ese Keller y dijo que usted deseaba celebrar su cumpleaños ofreciendo champaña, entonces, querido y muy estimado príncipe, yo que tengo el corazón, no ya sensible, pero sí agradecido (seguramente lo habrá notado usted, porque lo merezco), y que me enorgullezco de esa cualidad, creí que en una circunstancia tan solemne no debía vestir mi levita vieja, y que, para felicitarle personalmente, era mejor vestirme el uniforme que me había quitado al llegar a casa. Y así lo hice, como usted vería, príncipe, puesto que estuve de uniforme toda la velada. Al ponérmelo olvidé la cartera en mi levita vieja. Dios ciega al que quiere perder… Esta mañana, a las siete y media, me desperté inquieto: salté de la cama y busqué en la levita. ¡El bolsillo estaba vacío!

—Es desagradable.

—Desagradable: no puede decirse mejor. Ha encontrado usted con verdadero tacto la palabra adecuada —repuso Lebediev, con cierta intención.

—Sin embargo, ¿cómo…? —murmuró el príncipe, realmente impresionado y pensativo—. Porque eso, en verdad, es cosa seria…


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