El idiota
El idiota —¡Esto es insoportable! —protestó Varia—. ¿Cuándo va usted a callar, lengua de vÃbora?
Gania, pálido y tembloroso, no profirió una palabra. Hipólito calló, miróle largo rato con jubiloso aspecto y luego, volviendo la mirada a Varia, saludó, sonrió y se fue sin añadir más.
Gania, al parecer, tenÃa justos motivos en aquel momento para quejarse de la suerte. Durante varios minutos paseó por el salón a largas zancadas. Varia no osaba hablar ni mirarle. Al fin el joven se asomó a una ventana, volviendo la espalda a Bárbara Ardalionovna. Arriba volvió a sentirse tumulto. Varia se levantó.
—¿Te vas? —preguntó Gania, volviéndose bruscamente hacia ella—. Mira esto primero.
Y arrojó ante ella, en una silla, un papelito plegado como una carta.
—¡Dios mÃo! —exclamó Varia, golpeándose las manos.
La nota sólo contenÃa siete lÃneas:
«Gabriel Ardalionovich: Segura de los buenos sentimientos que tiene hacia mÃ, me decido a pedirle consejo en un asunto muy importante. Quisiera verle mañana por la mañana, a las siete en punto, en el banco verde. No está lejos de nuestra casa. Bárbara Ardalionovna, que es necesario que le acompañe, conoce bien el sitio. —A. I. E.».