El idiota

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—Es extraño, sorprendente. Ha sido una sorpresa tan grande para mí, que… Escucha, querido, no es que te hable de tu fortuna (aun cuando la creía mayor, desde luego), pero… ¿eres capaz de procurar… la felicidad de mi hija? Y ¿qué es… esto? ¿Una broma o una cosa seria? No hablo de ti, sino de mi hija.

Sonó tras la puerta la voz de Alejandra llamando a su padre.

—Espera un momento, amigo mío, espera… Vuelvo en seguida. Espera y reflexiona… —dijo él.

Y salió en busca de Alejandra con precipitación y casi con inquietud. Halló a su mujer y a su hija menor abrazadas y sollozando. Eran lágrimas de felicidad, de ternura, de reconciliación. Aglaya besaba las manos, las mejillas, los labios de su madre, y las dos permanecían estrechamente enlazadas.

—Mírala, Ivan Fedorovich: aquí la tienes —dijo Lisaveta Prokofievna.

Aglaya alzó la cabeza, que hasta entonces reclinara en el pecho de su madre y, estallando otra vez en una risa, alzó hacia su papá su carita feliz, aún húmeda de lágrimas. Luego corrió hacia el general, lo estrechó entre sus brazos, le colmó de besos y al fin, volviendo a su madre, recostó su cabeza en el pecho materno y tornó a llorar. Lisaveta Prokofievna cubrió a su hija con el extremo de su chal.


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