El idiota
El idiota —¡Cuántos disgustos nos has dado, chiquilla cruel! —dijo la generala con tono de reproche y a la par alegre y satisfecha. ParecÃa que se hubiese librado al fin de una carga pesada.
—¡Cruel, sÃ, cruel! —reconoció Aglaya—. ¡Soy muy mala, soy una niña mimada! ¡DÃgaselo a papá! ¡Ah, pero si está aquÃ! ¿Está usted aquÃ, papá? —preguntó, riendo a través de sus lágrimas.
Ivan Fedorovich, radiante de satisfacción, besó la mano de su hija.
—Hijita mÃa, tesoro mÃo —empezó—, ¿es posible que ames… a ese joven?
Aglaya alzó bruscamente la cabeza.
—¡No, no, no! No puedo soportar a… ese joven. ¡No puedo! —repitió con insólita violencia—. Si se atreve usted de nuevo, papá… Le hablo seriamente, ¿oye?, seriamente…
No parecÃa bromear. Su rostro estaba muy encarnado y sus ojos lanzaban llamas. El general se asustó; pero su esposa le hizo un signo discreto y él comprendió que le aconsejaba suspender toda pregunta.
—Como quieras, ángel mÃo; eres libre… Pero él está esperando a solas. ¿No convendrÃa indicarle delicadamente que se vaya?
Y el general guiñó el ojo a su mujer.