El Jugador
El Jugador Calculo que serían las siete de la mañana cuando volví a ser dueño de mis actos. El sol brillaba en la habitación. Paulina, sentada a mi lado, miraba en torno a ella, como si saliera de las tinieblas y reuniese sus recuerdos. Acababa también de despertar y miraba fijamente la mesa y el dinero. Me dolía la cabeza.
Quise tomarle a Paulina la mano, pero me rechazó bruscamente y saltó del diván. El día se anunciaba sombrío; había llovido antes del amanecer.
Fue a la ventana, la abrió, se asomó y, apoyada en el alféizar, permaneció unos tres minutos, sin volverse a escuchar lo que le decía.
Yo me preguntaba, con espanto, qué iría a ocurrir y en qué pararía todo aquello. De pronto, Paulina se irguió, se acercó a la mesa, y mirándome con un odio extraordinario, con los labios trémulos de furor, me dijo: —Bueno, ¿vas a darme mis cincuenta mil francos?
—Paulina, ¿volvemos a empezar?
—¿Has cambiado de opinión? ¡Ja, ja…! Quizá lo lamentas ahora.
Los veinticinco mil florines, en billetes, contados la víspera, estaban todavía sobre la mesa. Los tomé y se los di.
—Entonces, ¿son míos desde ahora? ¿Me los das? —me preguntó con maldad, con el dinero en la mano.