El Jugador
El Jugador —Han sido siempre tuyos —le dije.
—¡Pues bien, ahí tienes tus cincuenta mil francos!
Levantó la mano y me los arrojó en pleno rostro. Los billetes, al caer, se esparcieron por el suelo.
Después de esto, Paulina salió corriendo de la habitación.
Me consta que entonces no estaba en su estado normal, aunque no comprendí aquel extravío pasajero.
A decir verdad, sigue enferma todavía, al cabo de un mes. ¿Cuál fue la causa de semejante estado y de aquella escena? ¿Orgullo ofendido? ¿Arrepentimiento o desesperación por haber venido a buscarme?
Yo no me alababa de mi suerte ni quería comprarla por cincuenta mil francos. Mi conciencia me lo dice. Creo que su vanidad tuvo mucha parte de ello. Todo resultaba bastante confuso; por eso no me creía e injuriaba.
Así yo, sin duda, pagaba por Des Grieux y aparecía como culpable sin serlo. Verdad es que todo aquello no era más que puro delirio; y aun sabiendo que deliraba, no hice caso de su locura. ¿Es tal vez eso lo que no puede perdonarme ahora? Sabía muy bien lo que hacía cuando vino a mi habitación con la carta de Des Grieux… En suma, era consciente de sus actos.