El Jugador
El Jugador VivÃa en un cÃrculo burgués, mercantil, donde se contaba por céntimos. Los primeros quince dÃas, Blanche no podÃa sufrirme; me daba perfecta cuenta de ello; cierto que me vestÃa con elegancia, que me hacÃa el nudo de la corbata todas las mañanas, pero, en el fondo de su alma sentÃa por mà un sincero desprecio. Eso no me interesaba, no ponÃa en eso la menor atención. Melancólico y abatido, adquirà la costumbre de ir al Château des Fleurs, donde, regularmente, todas las noches me emborrachaba y aprendà el cancán —que se bailaba allà con mucho descoco—. Llegué a hacerme famoso en aquel ambiente. Finalmente, Blanche comprendió con quién trataba. ParecÃa haberse formado de antemano la idea de que yo, durante nuestras relaciones, la seguirÃa con un lápiz y una hoja de papel en la mano y llevarÃa una cuenta de gastos y de sus pillerÃas, tanto pasadas como futuras. Indudablemente se figuraba que regañarÃamos por cada diez francos que gastase. Para cada uno de mis ataques, que daba por descontados, tenÃa preparada una réplica. Al ver que no ocurrÃa nada de eso, tomó ella la ofensiva.
Más de una vez arremetió conmigo con mucha vehemencia, pero como yo callaba —tendido generalmente sobre la chaise-longue, con los ojos fijos en el techo—, acababa por maravillarse.